Hay cosas que pasan en la viña y apenas se ven
Una de ellas ocurre estos días, entre tractores, montones de estiércol y muchas horas de trabajo. Estamos abonando nuestros viñedos. Y aunque desde fuera pueda parecer simplemente echar estiércol al suelo, para nosotros es bastante más que eso.
Es una forma de cuidar uno de los pilares de nuestra viticultura: el suelo.
Desde que comenzamos el camino hacia la agricultura ecológica en 2021, hemos ido incorporando estiércol de ganadería extensiva como parte del manejo del viñedo. No buscamos únicamente aportar nutrientes a las plantas. Buscamos algo que va mucho más allá: mejorar la estructura del suelo y devolverle vida.
El suelo también necesita su tiempo
La planta puede asimilar los nutrientes con relativa rapidez. El suelo, en cambio, juega a otro ritmo.
Mejorar su estructura no es cuestión de una temporada. Puede llevar años e incluso décadas. Por eso, cuando miramos atrás y vemos cómo han evolucionado nuestros suelos desde que empezamos a trabajar en ecológico, el cambio es especialmente significativo.
Cada incorporación de materia orgánica suma.
El estiércol aporta alimento para las plantas, pero también ayuda a mejorar la estructura del terreno, su capacidad para retener agua y las condiciones en las que se desarrollan las raíces.
Y para nosotros, eso es fundamental. Porque antes de pensar en la uva, hay que pensar en dónde crece.
No vale cualquier estiércol
En agricultura ecológica, también importa de dónde procede lo que incorporamos al suelo.
Trabajamos con estiércol de ganado ovino procedente de ganadería extensiva y certificada por el Comité de Agricultura Ecológica.
En él encontramos las heces del ganado mezcladas con paja, utilizada en las camas de los animales. Esa paja ayuda a retener la humedad y, junto con las heces, forma una materia orgánica que debe llegar al viñedo ya fermentada.
Porque aquí también hay una palabra importante: tiempo.
Antes de llegar al suelo, el estiércol necesita hacer su propio proceso de fermentación. Solo entonces está preparado para incorporarse al viñedo y continuar allí su trabajo.
Y ahora, a repartirlo por la viña
Hay distintas formas de incorporar el estiércol al suelo. Una de ellas consiste en hacerlo mediante un rejón, introduciéndolo directamente en el terreno.
Nosotros preferimos otra forma: el espolvoreo en superficie.
De esta manera, el estiércol se reparte por toda la calle y no únicamente en una zona concreta. Después, se incorpora al terreno, permitiendo que la materia orgánica llegue a una superficie más amplia y que la zona radicular de las plantas tenga un poco más de espacio para desarrollarse.
Puede parecer un gesto sencillo: cargar, repartir, incorporar.
Pero detrás hay mucho más.
Hay planificación, trabajo y, sobre todo, una manera de entender el viñedo que mira más allá de la próxima cosecha.
Lo que hoy echamos al suelo, mañana se nota en la viña
Quizá esta sea una de esas tareas que no tienen un resultado inmediato.
Pero cada vez que incorporamos materia orgánica estamos trabajando para algo que consideramos esencial: unos suelos más vivos, más equilibrados y capaces de seguir sosteniendo nuestras viñas durante muchos años.
Y eso también forma parte de hacer vino.
Porque cuidar una viña no es solo estar pendientes de sus hojas, sus racimos o sus raíces. También es cuidar aquello que no vemos, pero que hace posible todo lo demás.
Pequeños gestos que, con tiempo, ayudan a construir el suelo sobre el que seguirá creciendo nuestra viña.
Porque, al final, abonar la viña también es una forma de mimarla.













